El domingo 8 de marzo, Irene Vallejo publicaba en El País el artículo “La dulzura del león”. Me lo envió mi colega y amigo Josep M. Vilalta, secretario de la ACUP. Se trata de una lectura imprescindible por su capacidad para condensar, en unas pocas líneas, una parte sustancial de nuestro patrimonio cultural. Cada uno de sus párrafos invita a la relectura.
Sin embargo, hubo uno de ellos en el que me detuve especialmente: la referencia a Edith Stein, figura admirable. Ignoraba que su tesis doctoral estuviera dedicada a la empatía, un concepto que siempre había asociado principalmente a Edmund Husserl. Este descubrimiento no es menor, porque sitúa la empatía en un lugar más originario y profundo dentro de la tradición fenomenológica.
Ello me hizo pensar que la empatía no es simplemente una habilidad más dentro del repertorio de las llamadas “competencias emocionales”. En el pensamiento de Stein, remite a la experiencia de la conciencia ajena y de sus vivencias, en contraste con la experiencia que la conciencia tiene de sí misma. Es, por tanto, una forma de acceso al otro que no se reduce a técnica ni a procedimiento.
Si trasladamos esta idea al ámbito de las organizaciones —y, en particular, a los centros escolares—, la cuestión adquiere una relevancia especial. Como recuerda Alejandro Llano, las organizaciones inteligentes son aquellas que están obligadas a saber más. Pero ese “saber más” no puede limitarse a procesos, datos o metodologías: debe incluir una comprensión más profunda de las personas que las conforman.
Esto tiene consecuencias prácticas muy concretas para el management de los centros educativos. Veamos algunas:
En el modo de conducir las reuniones: no se trata solo de escuchar turnos de palabra, sino de intentar captar qué se juega cada docente en lo que dice, qué preocupaciones, expectativas o resistencias están realmente en juego.
En la toma de decisiones: una organización escolar empática no decide únicamente en función de la eficacia, sino incorporando la comprensión de cómo esas decisiones serán vividas por quienes han de llevarlas a cabo.
En la cultura profesional del centro: la empatía introduce una exigencia silenciosa pero decisiva, la de no trivializar al otro. El profesor que tengo delante no es solo un ejecutor de tareas, sino alguien cuya experiencia del trabajo condiciona, en gran medida, la calidad de nuestros resultados.
Por ello, cuando hablamos de líderes escolares dotados de competencias emocionales, quizá convendría reformular la pregunta que plantemos a nuestros alumnos. Más que centrarnos en la gestión de habilidades específicas, deberíamos interrogarnos sobre algo más radical: ¿son relevantes para mi vida las personas con las que trabajo? ¿Y lo son para mi tarea cotidiana? O, dicho de otro modo, ¿soy consciente de que los profesionales que me rodean no son meros agentes funcionales, sino aquellos con quienes comparto el núcleo mismo de mi actividad?
Tal vez la verdadera empatía consista en esto: en reconocer que el otro no es un recurso dentro de la organización, sino alguien con quien merece la pena pensar cómo hacer mejor aquello que hacemos juntos.
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