Los resultados de PISA para España ofrecen siempre una cifra que ocupa titulares, pero su verdadero valor empieza cuando dejamos de preguntarnos únicamente cuánto hemos bajado y comenzamos a preguntarnos qué nos están diciendo los datos sobre nuestro sistema educativo.
Los resultados de PISA 2025, en comparación con PISA 2022, vuelven a situar esta cuestión en el centro del debate. En España, el rendimiento medio ha disminuido en matemáticas y lectura, mientras que en ciencias se ha mantenido aproximadamente en el mismo nivel que en 2022. La OCDE señala, además, que los resultados de 2025 se encuentran entre los más bajos observados en España en las tres competencias.
Pero estos datos necesitan tiempo. Su interpretación no puede reducirse a buscar una causa única —la pandemia, el currículo, las metodologías, el profesorado, las condiciones sociales o cualquier otra— ni a establecer una relación automática entre un resultado y una determinada política educativa.
La explotación rigurosa de PISA será, precisamente, una de las tareas de los expertos y analistas durante los próximos meses, evitando un derrotismo que tampoco es del todo convincente.
Habrá que estudiar tendencias, diferencias socioeconómicas, rendimiento de los distintos grupos de alumnado, factores asociados, evolución territorial y posibles relaciones con las políticas y prácticas educativas. Y habrá que hacerlo evitando tanto las explicaciones simplistas como la tentación de convertir una evaluación internacional en un veredicto sobre nuestro sistema educativo.
Hay, finalmente, dos cuestiones que, al menos, merecen mi atención y que dejaremos para octubre: la percepción de las familias sobre la suficiencia del sistema educativo y los interrogantes que plantean las diferencias territoriales sobre el principio de solidaridad interterritorial.
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