Insights
We grow older, but we do not change. We become more sophisticated, but at bottom we continue to resemble our young selves, eager to listen to the next story, and the next, and the next.
Paul Auster. Discurso con motivo del Premio Princesa de Asturias 2006.
Hace unos meses recogíamos en Insights algunos de los principales resultados del informe La opción de las familias por la educación no formal en España, impulsado por la Fundación Europea Sociedad y Educación para el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa”. La investigación, dirigida por Juan Carlos Rodríguez, permite acercarse a una realidad que, aunque forma parte de la experiencia cotidiana de muchas familias, quizá no ha recibido todavía toda la atención que merece por parte de la investigación especializada.
Los datos son elocuentes. Casi ocho de cada diez estudiantes participan en algún tipo de actividad educativa fuera del horario escolar. Las extraescolares tienen una presencia especialmente elevada en Primaria, mientras que las clases de refuerzo adquieren mayor peso a medida que avanza la trayectoria escolar y alcanzan su máximo en Bachillerato.
Pero no todas las familias recurren a esta oferta con los mismos objetivos.
Las actividades extraescolares aparecen fundamentalmente como una forma de ampliar la experiencia educativa: el deporte ocupa un lugar predominante, seguido de los idiomas y las actividades artísticas. Las clases de refuerzo cumplen, en cambio, una función más estrechamente vinculada al aprendizaje escolar: superar dificultades, mejorar resultados, alcanzar el nivel que la familia considera posible o preparar momentos especialmente exigentes, como la PAU.
La investigación muestra, además, diferencias importantes en función del nivel educativo de las familias. Las familias con mayor capital educativo tienden a utilizar en mayor medida las actividades extraescolares como ampliación de la formación, mientras que las familias con menor nivel educativo recurren relativamente más al refuerzo para afrontar dificultades relacionadas con la enseñanza formal.
Son datos que invitan a mirar la educación no formal desde una perspectiva algo más amplia que la de una simple oferta complementaria. Estamos ante un espacio educativo que acompaña, amplía y, en determinados casos, trata de compensar la experiencia escolar.
Y quizá aquí comienzan algunas de las preguntas más interesantes:
Estas preguntas abren una segunda mirada sobre los resultados de esta investigación: no solo quién participa en la educación no formal y para qué, sino qué nos está diciendo su extensión sobre la propia educación formal.
Planificar estratégicamente no es empezar por el plan; es empezar por las preguntas que dan sentido al plan.
Cuando hablamos de planificación estratégica en educación, es frecuente pensar inmediatamente en objetivos, recursos, actuaciones e indicadores. Son elementos necesarios, pero, en mi manera de entender y abordar esta disciplina en el grado de Pedagogía en UNIR, no son el punto de partida.
Personas, propósito y reflexión constituyen, para mí, una tríada previa a la planificación: ¿quiénes somos?, ¿para qué estamos aquí?, ¿qué sentido tiene lo que hacemos?, ¿qué necesita realmente nuestra organización y qué condiciones tenemos para afrontar un cambio?
Solo después adquieren todo su sentido los recursos, los objetivos y la ejecución.
Las personas no son un elemento más de la organización. Son quienes hacen posible su proyecto. Profesorado, equipos directivos, alumnado, familias y otros profesionales de la comunidad educativa no ocupan posiciones intercambiables dentro de una estructura. Tienen conocimientos, expectativas, responsabilidades, experiencias y capacidades diferentes. Y la manera en que se relacionan determina, en buena medida, la cultura de la organización. De ahí que cualquier planificación que pretenda transformar un centro educativo tenga que preguntarse también por las condiciones en las que trabajan y aprenden sus personas.
La organización de los tiempos, los espacios, las responsabilidades, los mecanismos de coordinación, la comunicación, el desarrollo profesional o las formas de participación no son cuestiones meramente administrativas. Son decisiones estratégicas porque configuran las condiciones en las que puede desarrollarse el proyecto educativo.
Esta mirada conecta con la concepción de las organizaciones educativas como realidades complejas, en las que estructuras, cultura, personas y procesos se encuentran estrechamente relacionados, una perspectiva ampliamente desarrollada por Joaquín Gairín. Y también con la investigación sobre liderazgo educativo de Leithwood, Harris y Hopkins, que subraya la importancia de crear las condiciones organizativas que permitan movilizar a las personas hacia propósitos compartidos.
Por eso, planificar estratégicamente no consiste en hacer más planes, sino en pensar mejor antes de decidir.
En educación, donde las decisiones organizativas terminan afectando a personas y aprendizajes, quizá convenga recordar que un buen plan no empieza preguntando qué vamos a hacer, sino para qué, con quién y después de qué reflexión. Esta es una serie de preguntas que atraviesa mi forma de trabajar la asignatura Planificación estratégica y management de las organizaciones. Y mi respuesta no comienza con un DAFO, ni con los objetivos, ni siquiera con la elaboración de un plan. Comienza antes: con una reflexión sobre el propósito de la organización, sobre las personas que la forman y sobre el contexto en el que desarrolla su actividad. Porque, antes de decidir qué queremos cambiar, necesitamos comprender qué somos, para qué existimos y qué queremos llegar a ser.
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